CUANDO SE LLEGA EN PATERA

Inmigrantes. Inmigrantes en clase turista e inmigrantes en patera. Mafias. Tráfico de seres humanos. Gente que aborda un vuelo allende los mares y gente que tiembla y arriesga su vida en la mar.

A lo largo de los años los he conocido más o menos de cerca de ambos tipos. He conocido inmigrantes que han traspasado nuestras fronteras burlándolas a nado durante 5 horas. Quienes han sobrevolado el Atlántico de forma más o menos cómoda en aeronaves con distintos destinos en nuestro país.

Algunos de los que se arriesgaron en la mar con el sueño de un mejor futuro para los suyos quedaron flotando en las aguas o se hundieron en ellas para siempre.

¿Quién soy yo para juzgarlos por esperar ese futuro?

Hace unos días, al volver de repartir pizzas y hamburguesas a domicilio, antes de entrar en mi portal, se me acercó un chaval que resultó ser de Senegal y me pidió algo para comer. Le dije que no y entré en el edificio. Antes de llegar al ascensor, me paré y di la vuelta mientras me decía a mí mismo: ¡Joder! ¿Si él estuviese en tu piel, qué habría hecho? ¿Y si es al revés, como es el caso, porqué cierras los ojos y te tragas tu empatía? Lo invité a una pequeña cena en una pizzería y me fui con la esperanza de que ese pequeño gesto contribuyese a que el joven tuviese una visión un poco más amable de una sociedad, que tanto en una dirección como en otra, puede ser hostil. Porque no nos engañemos, a mí me preocupa, y mucho, la posible hostilidad de quienes vienen de otros lares.

Lo cierto es que en su inmensa mayoría, aquellos inmigrantes a los que he conocido son grandes personas. Algunos de ellos tienen reconocidos derechos adquiridos a través de los años y su sudor. Algunos han comido con mi familia. ¿Qué decir del gran Christian, su esposa y sus pequeños, de Nigeria? Es más, parte de mi familia, mi esposa entre otras, es de Paraguay.

Otros, a juzgar por lo que circula por las redes y medios de comunicación, no se merecen ni el aire que respiran. Tengo lo que considero sincera y abiertamente, desconfianza, ante la morralla que se nos puede colar por los poros de nuestras fronteras.

¿Inmigración? ¿Sí? ¿No? ¿Por qué no? Sí, pero controlada al máximo. No me parece justo por otra parte, que algunos vengan en clase turista, y otros se ahoguen con sus sueños en las profundas aguas de nuestro cómodo y supuesto «primer» mundo.

Creo que nuestra sociedad merece que nos despojemos de las caretas. Hace años, muchos inmigrantes eran quienes cuidaban a nuestros mayores. Eran trabajos que los propios españoles desdeñábamos. Ya no es así. No nos olvidemos de aquellos cuidados.

Para acabar con esta monserga mía, quiero pararme un momento a mencionar al inmigrante que viene en «modo estrella». Si es de nuestro equipo y se proclama «pichichi» es un genio, aplaudámoslo porque además, pagará una millonada en impuestos y contribuirá a que el club de nuestros amores venda camisetas. Pero si es un pobre «sin papeles», explotémoslo en la medida en la que la sociedad y la hipocresía nos lo permitan.

No sé… creo que aquí hay mucha tela que cortar…

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