PEQUEÑO GRAN NOMBRE

PEQUEÑO GRAN NOMBRE

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE…

Según la etimología popular, vengo del adjetivo latino paulus, y significo pequeño. Yo añadiría pequeño pero matón. Pequeño en estatura aunque Gasol sea la excepción.

Para las buenas lenguas, soy un nombre propio masculino que existo desde que Roma fue centro del mundo civilizado, y ahora que lo pienso, lo de pequeño es algo así como una metáfora. En mi origen fui un cognomen (apellido) de una familia romana de ilustre alcurnia, la Gens Emilia. Era como el modesto equipillo de segunda que asciende a primera división y se acaba instalando entre los grandes, jugando con regularidad la Champions League. En la alineación tipo encontramos a los cónsules Marco Emilio Paulo y Lucio Emilio Paulo, junto con su hermana Emilia Paula, esposa del famoso Escipión el africano, que tan bien glosó nuestro Santiago Posteguillo en su trilogía.

Pasado el tiempo mi nombre se hispanizó, sufriendo multitud de cambios en el camino. A partir de un momento dado la iglesia consideró que compartiera día en el santoral con Pedro, cosa para mí muy curiosa ya que ambos pilares se llevaban como el aceite y el agua. Así ha llegado hasta nuestros días, multiplicandose como los panes y los peces por el orbe mundial, a pesar de que cuando nació el que suscribe, a primeros de los 70, no era un nombre muy corriente. Ahora escucho a muchos progenitores mentarlo, y como si fuera el niño de ayer, me giro en busca de respuestas. Pero no hallo más que caritas sonrientes de infantes recién aprendiendo a vivir. Una parte de mí se ancla a ese lugar del pasado y me vienen a la cabeza recuerdos de infancia, fogonazos de felicidad.

Aparte de todo esto, significo hombre de humildad; muchos tocayos han hecho añicos esa característica, sobre todo gentes del mundo del arte. Gentes con egos inconmensurables. Cada uno es cada uno, que diría el poeta. Yo por mi parte intento buscar la humidad y alejar el orgullo, aunque he de reconocer que no siempre lo logro. Supongo, o mejor quiero suponer, que todos luchamos cada día por ser mejores personas, pero el camino es angosto aunque estemos en junio. ¿Veis? He caído en el chiste fácil, he escogido la forma simple y no la correcta de intentar ser gracioso. El querer agradar tiene también su lado oscuro, si no que se lo pregunten a Annakin Skywalker.

A lo largo de mi vida me han llamado de muchas maneras, Pablo la mayoría de ellas. A veces escuchaba Pablito en plan condescendiente, en otra época algunos de mis primos, para chincharme, me decían Pablaka (tenía el efecto contrario, quería ser peyorativo pero me encantaba; me gustaba pensar en k y no en c, así parecía un artista bohemio húngaro), otros voceaban Pableras, y ya más adelante, unos amigos que hice en Órgiva me nombraban Lolo en plan cachondeo, debido a que lo que aparece en mi D.N.I. es Pablo Manuel; era cariñoso y me gustaba. No tanto el que me lo pusieran mis padres, ya que se asemejaba en demasía a uno de esos antiguos anuncios de Canal Sur en los que una conocida cadena de supermercados anunciaban eso de: ¡Pablo Manuel, 3 kgs. de pollo a 4.95€! En una época cuyo tiempo pasado fue anterior, pensé en ir al Registro Civil y quitarme el segundo nombre, más propio de telenovela sudamericana que otra cosa…en fin, fui y sigo esclavo de la moda de los compuestos en los 70, y Espartaco solo hubo uno…cosas peores nos encontramos por ahí, ¿no?

Como Saulo de Tarso, que pasó a llamarse Pablo cuando se convirtió camino de Damasco y cambió su rol de perseguidor de cristianos a cristiano integrador, seré de los pocos humanoides que siendo fiel seguidor culé me hice del Madrid. Fue allá por 1982, mal momento en cuanto a títulos merengues se refiere, pero el entorno me empujó, señoría. Era del Barça desde chico porque todos mis primos lo eran, y porque mi padre jamás me inculcó sentimientos futboleros. Como respuesta rebelde y llevando la contraria me pasé al lado blanco, y de portero, me hice fan de Arconada (aún recuerdo su camiseta verde y negra con el escudo de la selección). Revolución en toda regla y caída de caballo peor que la de Toulouse-Lautrec. Todavía me dura la calentura futbolera aunque voy madurando. Ya no rompo cristales de estufa ni destrozo papeleras a patadas…qué tiempos aquellos…sobre todo para los cristaleros…

Recordando a muchos tocayos que portaron mi nombre, hubo sesenta y siete santos, seis papas, un zar de Rusia, un rey de Grecia y muchas celebridades que me han marcado de una u otra manera. Me encantan las tahitianas de Gauguin y las manzanas de Cézanne, he leído algunos poemas malditos de Verlaine, los intemporales Beatles no serían lo mismo sin McCartney, y mi padre dice que de joven tenía un aire a Newman, pero viendo fotos afirmo que se pasó un poquito de frenada. En el blanco de los ojos se parecía al que encarnó a Butch Cassidy, Lew Harper, Eddie Felson o Henry Gondorff.

Pero echo la mirada atrás con añoranza, pensando en gaditano y en ranculche. Porque este artículo no es sólo un guiño, sobre todo es un homenaje personal a tres genios que por casualidad se llamaban igual que un servidor. Que mejor que este día para pisar la tierra trimilenaria de Gadir, Gades o la Cádiz actual, serpentear por la Viña o el Mentidero, oler la sal del mar con el levantito en mi pelo, tomarme una tapa en Veedor y, en mi pensamiento cosmopolita y mi corazón de piedra ostionera que se derrite a cada paso, franquear la puerta de los ladrillos coloraos, colarme en el paraíso y escuchar la voz ronca del cantautor de Rancul, ese pampero y argentino libre que no era de aquí ni era de allá. Era del mundo. Ahora que ya no estás entre nosotros tiene mucho sentido cantarte eso de Cuando un amigo se va. Cantártela bajito, Alberto, al oído, Cortez, para que tú y solamente tú la oigas.

El 7 de octubre de 2011 era viernes y estaba en el paraíso con mi madre. Literalmente en el paraíso…el del Falla. Fue una noche memorable. Era la primera vez que te veía en directo y me confirmaste lo grande que eras como artista, la sensibilidad que se desprendía de tu voz y la belleza de las letras. Y Alberto, te escuché cantar esa canción y mi alma se preñó de colores.

Se inundó del color de la tinta azul real del poeta, del amarillo Nápoles de la paleta del pintor y de la mágica coloratura del músico. Tres artistas que se fueron el mismo año, 1973. Contigo aprendí muchas cosas esa noche, la noche que todo cambió, la noche que volviste a bautizarme.

Cortez en el escenario

P.d. Si habéis leído esto, sois una resistencia de lo más musical…

Alan Smithee, jr.

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Pablo Solís del Junco

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