HE CRUZADO OCÉANOS DE TIEMPO PARA ENCONTRAROS (Y II)

HE CRUZADO OCÉANOS DE TIEMPO PARA ENCONTRAROS (Y II)

AMITYVILLE EN EL CINE

Ya estabas tardando. Te esperaba antes y has aparecido en el momento más inoportuno. Por cierto, siempre eres inoportuno. ¿No te has parado a pensar por qué? Te hablo a tí, síndrome de la página en blanco, ¡oh tú, funesto, oh tú, maquiavélico! Mira que tenía claro cómo enfocar este doble artículo en torno a la amistad, pero no se me ocurría de qué manera plasmar las ideas que vagaban por mi quijotera para esta continuación. Los metafóricos océanos de tiempo se han hecho carne y han habitado dentro de mí. Supongo que la crisis personal que estoy pasando ha hecho mella, provocándome una ceguera artística y creativa, con todos los respetos a los artistas y a los creadores no me siento más que un aprendiz. Eso de que uno debe estar chungo para crear mejor no va en absoluto conmigo. Pero por esta vez te he vencido, he podido contigo, blandengue.

Es curioso ahora que lo pienso, uno de los libros que leí y que luego visioné en una magnífica serie habla de un escritor con ese mismo síndrome. Recomiendo a Joël Dicker y La verdad sobre el caso Harry Quebert. Es magnífico en su estructura, es tremendamente original en su historia y está escrito de forma sutil y directa, sin perder un ápice de calidad. Aunque parezca un pensamiento banal, ayuda a los que nos dedicamos a cualquier clase de creación a entender y superar esos fantasmas, por pequeña, inocua o perecedera que sea la creación. Pero desde luego tampoco nos asegura que no vuelva a pasar. Siempre se está al borde de la duda, o al menos se debería estar.

Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en la amistad en el cine son los opuestos que se atraen. Personajes que no tienen nada que ver el uno con el otro, que se encuentran por casualidad y parece que se acaban buscando con el fin de complementarse, para encontrar su otro lado de la luna, como dice la canción. Su otro yo. Todos poseemos muchos «yoes», lo creo a pies juntillas. Los demás nos ven de una manera, cada cual la suya, así que hay miles de versiones de uno mismo mientras que nosotros nos vemos de otra radicalmente diferente. La vida debe ser el camino para lograr descubrirnos y conocernos, que no es más que encontrar todas esas caras que proyectamos en los demás y formar el todo poliédrico que somos.

Recuerdo a dos personajes de esa hermosa y olvidada película del infravalorado Jaime de Armiñán, El nido (1980). Sin ser el tema central, la relación que se establece entre el protagonista masculino y el cura de un pueblo de la España profunda en el cual habitan ambos es un claro ejemplo de ello. El primero es huraño, librepensador y casi un eremita. El segundo es un sacerdote de mente abierta, dialogante y nada ortodoxo. Tienen encuentros (sin whatsapp ni quedadas, aunque algunos milenials no se lo crean se hacía también) en los cuales discuten de multitud de temas o charlan amigablemente, mas siempre con respeto, buen humor y camaradería. Se abren el uno al otro contándose intimidades, pidiéndose consejo y aceptando disculpas. Se entienden a pesar de sus diferencias. Esa es la piedra angular de la amistad. Ponerse en el lado de la otra persona, respetando sus silencios a la vez que disfrutando de su compañía. Por supuesto esa amistad hay que tratarla como a una planta, regarla para que no se marchite, y tiene que ocurrir en ambos sentidos.

Al hablar del tema central que tratamos hoy, estallan en mis pensamientos y mi corazón con impresionante viveza dos obras maestras. La primera es Zorba el griego (1964), dirigida por Michael Cacoyannis, un valiente griego-chipriota que se enfrentó al star system hollywoodiense, haciendo oídos sordos a sus reiterados cantos de sirena.

Para poder hacer los filmes que anhelaba, renunció desde el principio a hacer carrera en América. Se producía sus propias obras, ya fueran teatrales o cinematográficas, y eso se nota. Zorba es uno de los más claros ejemplos. Casi dos décadas después de su publicación, Cacoyannis se hizo con los derechos de la novela de Nikos Kazantzakis, Vida y aventuras de Alexis Zorba. Y se puso manos a la obra. Sin las cortapisas norteamericanas puso en pie un proyecto complejo. Rodada en la isla de Creta, resulta una obra de género inclasificable. Hay drama, comedia, tragedia, amor, celos, muerte, sexo… la vida misma. Los sentimientos están a flor de piel, se huele el aroma del mar, se siente el salitre, la tierra y el polvo pegados al cuerpo, la lluvia que cala, el sol que curte. Así, minuto a minuto, nos vamos empapando de las arcanas culturas que atravesaron el Mediterráneo durante siglos. Cada partícula, cada detalle, cada átomo está concentrado en el personaje de Alexis Zorba.

Ojalá fuéramos todos un poco como él. Su aparición en pantalla es un relámpago y un trueno en colisión; es curioso que irrumpa en la vida del pusilánime escritor británico en medio de una sonora tormenta mientras éste se refugia en la taberna del puerto del Pireo. Nos enamora su descaro, su naturalidad y su franqueza. Contagia a ese inglés y si hace falta se coloca el mundo por montera. A partir de ese momento emprenden juntos una empresa utópica con todos los visos de fracasar, pero a la vez resulta un viaje de amistad que transformará a ambos, influenciándose mutuamente. Zorba transmite un amor y una pasión por la vida como pocas veces he visto en la gran pantalla, mezclada con ternura, buen humor y un optimismo que roza lo imposible. En un momento dado el griego le dice al inglés que sólo le hace falta una cosa para ser libre: la locura. «El hombre ha de estar un poco loco para romper las ataduras y buscar la libertad», relata Kazantzakis en boca de Zorba. Hay que tener en cuenta que la acción se sitúa en la segunda década del siglo XX en un pueblecito cretense, con unas tradiciones y un conservadurismo muy marcados, por eso el personaje adquiere mayor fuerza en la trama. Rompe con todo lo establecido, se enfrenta con descaro a la pacatería y a las instituciones, y con todo eso aún es capaz de darse a los demás con increíble generosidad.

Anthony Quinn realiza la interpretación de su carrera (para mí no tuvo que actuar en demasía, ya que el mexicano nacido bajo las balas de la revolución era igualito que el griego, pura vitalidad y pasión), todo en un cristalino y estético B/N. Está flanqueado por un extraordinario Alan Bates y dos mujeres inconmensurables de una garra y unas miradas que quitan el hipo: por un lado Lila Kedrova, francesa de orígenes rusos que ganó el Óscar por su tierno y ensoñador papel; por el otro, la helena Irene Papas, que desprende sensualidad, sexualidad y represión por cada poro de su piel. No es guapa pero tiene un magnetismo especial, una mirada que haría palidecer a la esfinge.

La guinda final es ese sirtaki que bailan los dos hombres tras el más absoluto de los desastres. Para crear algo nuevo hay que partir del caos anterior. Es un momento de catarsis, a la vez que un canto a la vida, a la libertad y a la amistad. Es curioso que en este último párrafo haya utilizado dos palabras de origen griego como catarsis y caos. Será el subconsciente y los dioses del Olimpo. Para finalizar, mas no menos importante, nombrar al gran Mikis Theodorakis, que compone una banda sonora bellísima y llena de matices, a la altura de su talento. El sirtaki es lo popular pero toda la obra está plagada de temas variados, muy ricos y llenos de mediterraneidad.

El baile alegra el corazón

El otro filme que me viene indefectiblemente a la cabeza es Dersu Uzala (1975), del genio japonés Akira Kurosawa. Ahora que lo pienso, aparte de la evidencia de la que estamos hablando existe una clara conexión entre las dos películas. Ambas historias se desarrollan a comienzos del siglo pasado, antes de la llamada Gran guerra, cuando una cierta inocencia moraba aún en el corazón de los hombres buenos. Y eso es lo que son ante todo Zorba y Dersu. Buenas personas. Éste último es un ser pequeño en estatura pero un gigante en empatía, generosidad hacia los demás y simplicidad, que no simpleza, ante la vida. Es un cazador de la taiga siberiana que sólo sabe hacer eso, cazar. Caza para sobrevivir, no lo hace por diversión o por deporte. Es su modus vivendi. Una noche por casualidad se encuentra con un destacamento militar liderado por un científico y explorador ruso, Vladimir Arseniev, que está realizando estudios topográficos de esa vasta región que es el Ussuri. El cazador se ofrece a ayudarlos en su empresa de una manera desinteresada ya que conoce el territorio como la palma de su mano, y a partir de ahí surge una amistad entre Arseniev y Dersu que perdurará a través de los años. Amistad sincera y honesta, de una sobriedad inquebrantable. Dersu es un ser humano excepcional y de eso se da cuenta enseguida el militar. Antes de ser su amigo tiene un gran respeto por él, al contrario de la tropa, que se mofa y se ríe de ese hombre pequeño que no quiere protagonismo ni se da importancia, hasta que poco a poco el grupo se va dando cuenta de su dimensión mágica.

La película está basada en los diferentes escritos, libros de viaje y diarios de campo que el científico escribió a lo largo de dos décadas, centrándose en el personaje del trampero pero realizando algo mucho más completo, un dibujo magistral de esa época, de esas culturas y en cierto modo un estudio antropológico insuperable. Yo he tenido la suerte de leer el libro y algunos de los diarios, os los recomiendo como relatos de cabecera, notándose tanto en ellos como en el filme una profunda admiración hacia alguien que partiendo de la sencillez consigue enamorarnos a todos.

La comunión que tiene Dersu con la madre naturaleza y todos los seres vivos que habitan en ella es algo que te pone los vellos de punta. Los llama «gente» y los respeta. En sus palabras, «el fuego es gente, el río es gente, el viento es gente». Te hace reflexionar acerca de hasta dónde hemos llegado como sociedad, con avances tecnológicos sin precedentes y mejoras científicas que han alargado nuestra esperanza de vida y nuestro día a día, sin embargo cuánto hemos involucionado en lo referente al contacto con los demás, con nuestro lado más primigenio, más puro, más cercano a las raíces. Ese animismo de Dersu a principios del siglo pasado ya se veía como caduco y fuera de moda, pero en realidad lo que él desea expresar es que todo ser natural posee un alma, y con ella siente.

El poso que esto nos deja es que debemos respetar el lugar que habitamos y que nos permite vivir, respirar, alimentarnos, amar. Nos queda mucho que aprender de ese mongol tan «buena gente». Pero no os confundáis, nada tiene que ver con Francisco de Asís y su hermano sol, hermana luna. No hay nada de religioso en ello, es puramente espiritual, nos encamina en dirección a la filosofía de Engels; esta tendencia filosófica defiende que esa espiritualidad derivó posteriormente en la creación de los dioses.

Esta obra maestra del cine, llena de poesía, dulzura y belleza, nos habla de la compleja relación del hombre con la naturaleza y sobre todo de la amistad entre dos seres tan contrapuestos como cercanos. Ved el filme, os lo ruego. Si tenéis una pizca de sensibilidad os tocará el corazón y os cambiará, sin que lo notéis, un poquito por dentro. No dejaros influenciar por su metraje y por su ritmo pausado y detallista. Hoy día tenemos demasiada prisa todo el tiempo. De vez en cuando hay que tomarse un respiro. Escuchar en vez de oír, conversar en lugar de gritar.

He intentado imbuirme del espíritu del cazador y en su memoria no sé si en mi monólogo he logrado la austeridad requerida. Lo que sí sé es que yo quiero ser Dersu Uzala cuando sea mayor.

¡Qué gente tan buena es Dersu!

P.d. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

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Pablo Solís del Junco

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