FRI(KINO)POLIS OF MY HEART (II)

FRI(KINO)POLIS OF MY HEART (II)

OTRA DECLARACIÓN DE AMOR INCONDICIONAL

La parte contratante de la segunda parte será considerada como la parte contratante de la segunda parte. Aquí estoy de nuevo. Este capítulo está dedicado a la Dori del Spree, ella sabe quién es y por qué lo hago.

La calle Doña Blanca era lugar de visita obligada, era el segundo santuario del día tras el paso por la sala oscura. Nuestro grupo, formado por J.J., Ángel Antonio, Rodrigo, Paco y yo mismo allá por los felices 80, peregrinábamos al centro de Jerez cuando la sesión vespertina finalizaba. Allí estaba la citada calle pasado el puesto de churros y la plaza de abastos, y al fondo La Ibense Bornay. En los veranos de horchata y helado e inviernos de chocolate con churros comentábamos la película que se terciara mientras agonizaba la tarde. Las tertulias de cine con el estómago lleno y en buena compaña son siempre mucho más placenteras.

Por cierto, nunca fui persona de comer en el cinematógrafo, no me gustaba, eso de las palomitas en la sala me sigue dando “dentera”. Pero las circunstancias cambiaron en un Alcances de Cádiz, donde no tuve más remedio que “tragarme” mis argumentos. Mis tíos Juan y Maruja me dejaron quedarme esa noche a dormir en su casa, en plena plaza Asdrúbal, allá por septiembre del 2001 y me prestaron la llave para cuando regresara esa madrugá. Prepareme un buen bocata de jamón con pan de chapata, un poco de queso curado con sus correspondientes picos, un plátano y media tableta de chocolate junto con un botellín de agua y fuime dando un largo paseo hasta los Multicines Palillero. Iba con la ilusión de ver Novecento (1976) en pantalla grande. En doble sesión de 21.00-23.30 y de 00.00-02.30 de la mañana, con mezcla de excitación, inquietud y vergüenza por incumplir normas que nunca entenderé (¿por qué palomitas de dentro sí y cosas de fuera no?; personalmente dejaría introducir comida en las salas pero sin pasarse, nada de cocidos maragatos, please) cené en silencio con total nocturnidad y alevosía mientras disfrutaba de ese fresco italiano ambientado en torno a 1900 y dirigido por el gran cineasta Bernardo Bertolucci. Desde la mirada de ese campesino que se va abriendo en plano poco a poco mientras la emocionante música de Ennio Morricone, esa romanza, entra por mis poros e inunda mi ser, hasta ese pequeño y cercano final, esa enigmática conclusión…toda esa obra maestra algo olvidada tiene un sentido histórico, trágico, coral. Aún recuerdo la euforia que corría por mis venas cuando volvía por un Cádiz desierto a casa de mis tíos.

Otra cosa que me encanta es visitar festivales. No lo digo en plan esnob sino de manera natural, como el yogur. Eso de ir a otra ciudad, alojarte en un hotel o en casa de amig@s (esto último es más recomendable tanto económica como sentimentalmente), ponerme en la cola de la taquilla correspondiente y soñar despierto con lo que vas a ver es maravilloso; no he visitado muchos pero quisiera seguir disfrutando, en pequeño formato y en ese sentido. Multitud de vivencias en Sevilla con su Festival de Cine Europeo y las idas y venidas pateando la ciudad con Cecilia, en los cafés, en las abarrotadas salas y con muchas risas; en Arcos y su decadente teatro Olivares Veas donde Ángel Antonio y yo gozábamos de los festivales de cortos durante varias ediciones para luego introducirnos en la feria de la tapa y desgustar sus aliños, guisos y frituras; en Cádiz y su festival Alcances antes mencionado, al que visité en multitud de ocasiones, con muchos amigos como Ana Navarro, la misma Cecilia y Elena, Mer y Santi, el propio Ángel Antonio, el Sherpa, David, Salvador, Marilú y Maricarmen e incluso mi madre, que vino un par de veces a dos sesiones inolvidables (ya dedicado el festival sólo a documentales) como fueron las de Inisfree (1990) de José Luis Guerín y Mercedes Sosa, la voz de Latinoamérica (2013), sobre ese gran tótem de la música que es la negra. Habrá más gratas ocasiones en el futuro de visitar festivales, seguro, mas tengo de momento especial recuerdo de tres de ellos:

– el primero, Huesca. Gracias a la necesaria, variada, heterodoxa, única e irrepetible Radio3 conseguí todo un regalazo de su programa El séptimo vicio, tras ganar un concurso nacional de preguntas sobre el séptimo arte. La verdad, para qué negarlo, es que tuve suerte, para todo hay que tener fortuna en un determinado instante. Y fueron esos dos instantes, primero con el duelo inicial una tarde de noviembre (tuve que salir de clase de Agraria y responder las preguntas en un solitario y frío patio de un instituto de Lebrija) y más tarde con el concurso final donde de nuevo la chamba se puso de mi parte allá por mayo de 2006, los que me dieron la ocasión. Ese junio estuve un fin de semana completo con todos los gastos pagados invitado al 34º Festival de Cortometrajes de la ciudad oscense. Desde el primer momento me enamoré de una ciudad de provincias desconocida para mí. De su arquitectura entre modernista y románica, de sus gentes amables y calladas, de su historia que viene de antiguo y de sus dulces típicos, cómo no, de sus deliciosos y sorprendentes dulces. Se me hace la boca agua pensando en la Trenza de Almudévar y en el Pastel Ruso, cuya idiosincrasia y origen no me lo pudo explicar mejor un camarero nativo mientras me tomaba un aperitivo en la maravillosa La Confianza. Me hizo mucha gracia el inesperado intercambio de caldos de Jerez y de Huesca que hicimos el festival y yo. Ellos me regalaron una botella de tinto Somontano y un servidor les llevó un pack de tres botellas de Fino, Manzanilla y Oloroso. Cine, jazz, tapas, paseos, copas…inolvidable.

-el segundo, Berlín. He estado en dos ocasiones, en 2009 y 2011, siempre en febrero como manda la tradición, ya que es el festival (de los grandes) que abre el año peliculero. Con mucho frío pero bien pertrechado con polar y mallas debajo del pantalón siento que he creado un vínculo emocional con esa ciudad, no sé explicar muy bien por qué. Es extraño y apasionante. Me encanta el ambiente, la relación sana y respetuosa que hay entre los diferentes grupos étnicos y culturales es como si fuera una respuesta serena y adulta a ese pasado oscuro del nacionalsocialismo. Conservo en mi memoria la nieve que caía mientras caminaba por Unter den Linden camino de la Puerta de Brandemburgo, la visita a la isla de los museos con todos ellos en un solo distrito mientras la Puerta de Babilonia y el busto de Nefertiti me provocaban síndromes de Stendhal en cadena, rememoro ese paseo entre árboles pelados alrededor de un helado Krumme Lanke esperando encontrarnos tras cualquier recodo a Antonio Gasset Dubois, dibujo en mi mente los innumerables graffitis por buena parte de sus paredes excepto en los monumentos en recuerdo del holocausto, me encantan los sobrios edificios de la RDA, los cementerios nevados, la historia que desprende a cada paso con esos restos del Muro del East Side Gallery…quizá ese amor se deba a que de alguna forma, en mi mente perversa, Berlín tiene conexión con Cádiz. Me explico. Ambas son ciudades no productoras, con mucho funcionariado y movimiento estudiantil, con un ambientillo muy heterogéneo y variopinto, sin darse importancia. Homenajeando a Frank Capra, los berlineses viven como quieren (sin molestar a los demás). Siendo la capital de un país, el ritmo vital berlinés es bastante tranquilo, en ese sentido me recuerda a Lisboa. El summum, ir a la Berlinale. Llegar al Kino Internacional sito en Karl-Marx Allee 33, ese edificio tan extraño y feúcho que parece un enoooooorme ladrillo elevado, y disfrutar de La hija de Ryan (1970) en la mayor pantalla que mis ojos hayan contemplado jamás fue inenarrable. Estar rodeado de personas en una abarrotada y preciosa sala de butacas rojas y paredes azules donde la torre de Babel era más que evidente y ver el filme en inglés (irlandés para ser exactos) con subtítulos en alemán fue tan surrealista y tan bonito…

-el tercero, Úbeda. Entre 2006 y 2012 estuve yendo todos los meses de julio a esa hermosura de ciudad, y me diréis, ¿para qué demonios te vas en pleno verano a pasar calor a la Andalucía profunda? Pues mira, tenía una buena razón: el Festival de Música de Cine. Allí hicimos el primer año una gran pandilla unos cuantos locos, gentes de lugares tan dispares como Madrid, Mula (Murcia), Córdoba, Jerez o Sevilla. Y todos los estíos nos reuníamos los amantes y frikis de las Bandas Sonoras del cine y las series. Las ediciones se celebraban de jueves a domingo, aunque mi periplo festivalero empezaba el viernes por la mañana. Te acreditabas como congresista tras pasar por el hotel (normalmente me hospedaba en Baeza) y luego a disfrutar cada minuto. Cada año iban invitados unos cuantos compositores, españoles y extranjeros, y se producía una comunión extraordinaria entre todos nosotros. Dos ponencias y conferencias por la mañana y otras dos por la tarde daban paso a los conciertos nocturnos en diferentes puntos de la ciudad, con el centro neurálgico del festival en torno al Hospital de Santiago y su concierto del sábado por la noche. Aquello era la leche. Un espectáculo de tres horas con la Orquesta Filarmonía y el Coro Ziryab; por ese patio y entre las arcadas del monumento renacentista de Andrés de Vandelvira pasaron compositores tales como Basil Poledouris con su grandeza y su Conan el bárbaro, Patrick Doyle con sus maravillosas partituras de Enrique V o Mucho ruido y pocas nueces, Roque Baños con temas de extrema sensibilidad tal que Alatriste o Segunda piel, Michael Giacchino y su París de Ratatouille o esa joyita que es Up y Philippe Rombi con sus deliciosas composiciones pianísticas. Tuvimos la suerte de ver y escuchar a muchos más, incontables, durante todos esos años. Descubrí los encantos de Baeza además de los de Úbeda e hice amigos nuevos que nunca olvidaré. No era un festival perfecto, tenía sus problemas y defectos pero había tanta pasión y entrega en el aire que se compensaba con creces. Risas el ciento y la madre, anécdotas mil, momentos inolvidables e incontables.

P.d. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

Alan Smithee, jr.

El cuarto estado

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Pablo Solís del Junco

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