ESTOY MÁS QUE HARTO

ESTOY MÁS QUE HARTO

Y NO PUEDO SEGUIR SOPORTÁNDOLO

Señoras y señores del jurado, he de decir que estoy escribiendo en vivo y en directo. Ahora son las 11.04 de la mañana de este penúltimo día del año y me he declarado definitivamente en rebeldía. Esto no estaba previsto para nada y no sé cómo saldrá el experimento, pero ahí va.

Normalmente me gusta escribir los artículos con bolígrafo en cuadernos y blocs, repasarlos, contrastarlos, corregirlos. Es un espectáculo poco edificante y muy instructivo el ver varias páginas llenas de tachones, asteriscos, flechas que van de aquí para allá, en fin, de lo que supone crear algo, lo que sea, el perseverar hasta llegar a contar tu verdad y visión con la mayor decencia posible. Al finalizar uno está más o menos contento y pensando que podría hacerlo mejor. Aún hoy releo lo anterior y modificaría muchas formas, no tantas en el fondo. Pero hoy, como he dicho antes, la cosa cambia. No pensaba escribir nada hasta el año que viene mas ayer noche Nuria y yo vimos una película que me hizo pensar. Lavándose los dientes ella me dijo que era una obra para unos cuantos debates, es cierto. Se trata de Un hombre llamado Ove (2015), un filme sueco. La busqué porque me enteré que era el origen de la última que ha estrenado hace un par de días el bueno de Tom Hanks. Este remake yonqui que ni harto de vino iré a ver a las salas ha sido la excusa perfecta para que esté ahora (ya son las 11.21) tecleando en el móvil.

Enlazo con el título y subtítulo de este escrito. Lo explico. El año 1976 fue significativo. En los Oscars ganó nada menos que Rocky, una moderna revisión del sueño americano que los de ese país, grande en extensión pero escaso de neuronas, siguen a rajatabla hoy día. Lo peor es que lo han exportado al resto del mundo y nos lo hemos creído. Bueno, yo no tanto. Será una película icónica, todo lo que se quiera, pero ese mismo año se realizaron otras dos que sí tienen cosas que decir y son adultas, reflexivas, profundas y llenas de verdad. La primera es Taxi driver y la segunda es la que nos ocupa, Network, un mundo implacable. Es normal, la dirigen dos tipos de grandeza sin par como son Martin Scorsese y Sidney Lumet. En Network, el protagonista es un presentador de la televisión americana hastiado que se rebela, como estoy haciendo hoy. Yo no deseo audiencia ninguna como deseaba la cadena televisiva a la que critica tanto la película, que a costa de este hombre es capaz de hacer cualquier cosa para conseguirla. Este personaje interpretado de forma magistral por Peter Finch, en un momento dado ruega a la millonaria audiencia, a los telespectadores asombrados, que salgan a los balcones, terrazas y ventanas de sus casas y griten con todas sus fuerzas: «estoy más que harto y no puedo seguir soportándolo».

ESTOY HARTO. Harto de que los yanquis yonquis nos vendan la moto con remakes de películas europeas, chinas, coreanas, argentinas o de la misma luna si se deja. Que triunfen esos blockbusters mientras que las originales sean detritus para peces en sus océanos particulares. De Avatares, Gatos con botas, Marvel, Disneys de pacotilla, comedias románticas que insultan a mi inteligencia y demás chorradas. El personaje de Ove en la peli de ayer tendrá sus razones para ser un cascarrabias, un Míster Scrooge moderno que ha tenido una vida complicada. Lo entiendo y cada vez me parezco más en su desconsideración hacia la estupidez humana. De nuevo no en las formas, sí en el fondo. Aunque no sea asocial ni desagradable con los demás, me están buscando las cosquillas.

ESTOY HARTO de la mala educación. El otro día un imbécil estuvo con el móvil grabando trozos de la película que veíamos en Bahía Mar para ir reproduciéndolos a continuación. Lo digo porque molestaba con la luz del aparato y le daba igual. Dile algo al imbécil, que sales trasquilado, lo sé porque he hecho intentos otras veces y el maleducado soy yo. Como personas que charlan durante las proyecciones tal que estuvieran en el salón de su casa, da lo mismo. ABORREZCO las palomitas en la sala, ver a la gente con el kilo de maíz como si fueran pollos me parece patético. Y me diréis entonces que deje de ir al cine y que lo vea en casa, pero no, por ahí no paso. Para mí sigue siendo un ritual el hecho de ir al cine, es una experiencia maravillosa, a pesar de los pesares y de tanto carajote.

ESTOY HARTO de la hipocresía del ser humano. Harto de que los de misa diaria y golpes de pecho a la mínima que te das la vuelta te clavan un puñal por la espalda, para después rezarte un avemaría y tres padrenuestros por tu eterno descanso. Que les den. Digo esto por una posibilidad de trabajo que he tenido hace poco donde me la han clavado pero bien. Hace tres meses hice dos cursos relacionados con el brezo y el trabajo que se desprende de él. Cursos con compromiso de contratación. Pues bien. Estando como estuve muy contento con lo que se hacía, no tanto cómo se hacía, y sobre todo con las evaluaciones que realicé, si te he visto no me acuerdo. Me comentan pasado el tiempo (porque les pregunto, si no nada) que están interesados en mí para el trabajo, pero después de aceptar su propuesta el mierda e impresentable de Jesús y demás carroña ni me contesta ni tiene la educación de ponerse en contacto. Lo he dejado pasar por ahora pero me voy a quedar muy tranquilo cuando este comienzo de año nuevo le diga lo que pienso. No servirá de nada pero me voy a desahogar.

ESTOY HASTA LAS NARICES de ver cómo determinada gentuza que se creen hombres maltratan psicológica y físicamente a sus parejas, ex-parejas o compañeras sentimentales. No se puede tolerar que a la mujer se la trate de esa manera. Llevamos mucho tiempo así y la cosa está cambiando, pero es demasiado lento. El escuchar que han asesinado a una mujer me destroza un poco por dentro cada vez que ocurre, no sé qué hacer, sólo veo mi actitud hacia Nuria y me pongo a temblar. Cuando discutimos con una palabra más alta que otra, ¿puedo llegar a convertirme en un agresor en potencia? ¿Puedo llegar a ponerle la mano encima? Todos somos proclives a eso aunque pensemos que no, lucho porque nunca ocurra ni se me pase por la cabeza. No me parecería bien ni para ella ni para mí. Los hombres hemos estado veinte siglos dominando, el siglo XXI es de ellas, es cabal y justo. Y creo que el «macho» no está preparado para un cambio tan radical, estamos con el pie cambiado. No soy en particular muy «hombre» que digamos, tengo una cantidad mayor de hormonas femeninas de lo habitual, al igual que una sensibilidad acusada, y eso me da cierta ventaja. Creo en una igualdad real sin caer en la politización del feminismo más recalcitrante, el lenguaje mal utilizado resulta risible, los guetos no sirven para nada, más bien confunden. Para llegar a esa igualdad hay que remangarse, yo el primero. Tengo muchas cosas que aprender.

ESTOY HARTO de mí mismo. En realidad mi enfado con el mundo es un reflejo de mi enfado conmigo mismo. Mi alto nivel de autoexigencia es inversamente proporcional a mi baja autoestima, y esa mezcla no puede ser más que una bomba de relojería. El ser preclaro hoy como si un mono con una ametralladora hubiera okupado mi espíritu no deja de ser significativo. Haciendo balance de este año, diría más de los últimos tres (desde que Círculo de Lectores acabó con sus comerciales y nos dejó en la calle de la noche a la mañana) estoy enfadado con mi actitud con C por no tener aptitud con P. Harto de que me afecte todo tanto, harto de ver cómo mi madre está perdiendo años de su vida tanto en lo físico como en lo mental a partir de su relación con mi padre, harto de no ser valiente, dar un paso al frente y dedicarme a lo que me gusta en realidad, que es escribir, harto de perder el tiempo pensando que las cosas se van a arreglar solas y no buscar trabajo mientras tanto, harto de los Putin, Boris Johnson, Donald Trump y demás jarfia que desangran al mundo, harto de que los mejores nos dejen, Lola la primera, harto de estar harto.

Si fuera valiente, que no lo soy, ya me hubiera quitado de enmedio, como lo intentó Ove unas cuantas veces. Tengo tanta imaginación que he fantaseado en mi mente con el suicidio en algunos momentos, de muchas formas y maneras, visualizándolo como si de una cinta de vídeo antigua se tratara. Pero como digo, no soy valiente, le tengo pánico al hecho de hacerlo y sobre todo, amo demasiado vivir. Por eso quiero acabar este rollazo que me he marcado con una pequeña rendija a la vida, a la esperanza de intentarlo.

Quiero DAR LAS GRACIAS a las personas con quien convivo, que me conocen y me quieren como soy, que no me juzgan y con quien disfruto cada minuto. Quiero estar de mejor humor, no exaltarme tanto ni con mi madre, a la que adoro no por haberme parido, sino por ser como es, una mujer que me ha educado en unos valores que a veces pervierto sin querer y que me enseña a saber estar cada momento, ni tampoco con Nuria, que tiene una paciencia conmigo digna de Santa Teresa, un amor sincero y hermoso que a las alturas en que estaba no esperaba. Sólo por eso merece la pena vivir. Hay que saber disfrutar de las pequeñas cosas y los grandes seres humanos que tenemos la suerte de conocer, tener claro que somos unos privilegiados y que los momentos no vuelven, así que Carpe diem. De momento mañana nos vamos a Trebujena a pasar el fin de año con Cristina y Alberto, dos seres de luz que han tenido a bien acogernos bajo la capa del cariño vero y verdadero. Luciérnagas de las marismas, allá vamos.

Acabamos con una canción que he descubierto hace un par de años y es hermosa. Un homenaje a la enorme Chabuca, a la que quiero tanto y debo más. Besos a todos, que dentro de un par de días empecemos a tolerarnos, a querernos y a apredernos cada día un pasito más, poquito a poquito. Ahora son las 13.45 de la tarde, en el directo que va del mentón al que empecé golpeando y que llega al corazón palpitante. Así concluyo, así me desnudo ante vosotros.

La música es vida, pura vida

P.d. Si habéis leído esto, sois la resistencia navideña…

Alan Smithee, jr.

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Pablo Solís del Junco

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