ESPERARÁS AL DIABLO

ESPERARÁS AL DIABLO

En otras circunstancias no habría contestado al teléfono, harto como estaba de teleoperadoras que trataban de captarlo para diferentes compañías al tiempo que le ofrecían el oro y el moro, o de acreedores que reclamaban lo que Ernesto les debía más los intereses. Por otra parte, no eran horas, aunque con esa patulea, ya se sabía.

Algo en el número que aparecía en la pantalla del supuestamente inteligente aparato le llamó la atención: 666000666. -Curioso- pensó.

-Diga… -contestó a la llamada-.

-Buenas noches. Supongo que disculpará usted la hora don Ernesto. Permítame que me presente, mi nombre es Miguel Félix. Soy lo que podríamos llamar -si me permite la expresión- un conseguidor. Según mis archivos -no me pregunte cómo los he conseguido- me consta que necesita usted alcanzar ciertas… metas, determinados… anhelos. Perdone la osadía, pero llevo tiempo observándolo y me parece usted el candidato perfecto para acceder a una oferta que estoy seguro, no querrá dejar pasar de largo.

La sorpresa de Ernesto hizo que se bloqueara. El silencio se eternizó a ambos lados de la línea telefónica -solo roto por las notas del Ocaso de los dioses que Wagner iba esparciendo por el salón del solitario Ernesto-. En un extremo éste, eterno fracasado y aspirante a suicida. En el otro, un tal Félix que de buenas a primeras aparecía en la vida de aquel con el señuelo de algo que no podría rechazar.

Solo despertó de su ensimismamiento cuando de nuevo sonó la voz del señor Félix que le preguntó: -Ernesto, ¿sigue usted ahí?

El corazón del eterno fracasado comenzó a latir a un ritmo alto y cuando quiso reaccionar, sus dedos lo traicionaron y cortó la comunicación sin pretenderlo. Sostuvo el teléfono ante sus ojos con incredulidad por unos instantes, y lentamente bajó su mano con la voz de Miguel Félix resonando en su cabeza.

Siempre había sido Ernesto un personaje a medio camino entre la adversidad y la mediocridad. La suerte nunca le había sonreído y tampoco él se había esforzado en destacar. Allí donde sus compañeros de promoción habían ido haciéndose un hueco -muchas veces a codazos, zancadillas y otras “artes marciales”- él siempre había acabado tirando toallas.

De nuevo el 666000666 apareció en la pantalla del teléfono del apocado hombre, que se apresuró a contestar.

-Digame. Soy todo oídos.

-Conozco su… expediente a la perfección. Mis datos se remontan a sus años de Falcutad, que me dicen entre otras cosas que falsificó usted firmas amén de algún que otro plagio.

Miguel Félix y Ernesto mantuvieron una conversación hasta bien entrada la madrugada tras la cual, ambos acordaron un encuentro para lanzar una campaña destinada a la propulsión del segundo hacia las más altas cotas de la política autonómica. Todo ello guiado concienzudamente por Félix, quien había asegurado repetidas veces a lo largo de la conversación que contaba con allegados bien situados en determinados medios de comunicación claves, así como en otros lobbies que harían de aquella una carrera meteórica.

En efecto, los años posteriores fueron de una brillantez absoluta para Ernesto, quien no obstante, no hubo de esforzarse en exceso puesto que el camino en los medios de comunicación y en todo tipo de redes sociales se allanaba a cada paso que daba.

Un micrófono abierto fue la trampa en la que cayó Ernesto. El artilugio captó unos comentarios subidos de tono acerca de la jueza que lo investigaba por aquellos días. Debido a diversos delitos de tipo económico fue condenado a diez años de prisión y lo que más le dolió, a devolver todo el dinero obtenido de manera ilícita; por lo demás una vez reducido el cumplimiento de su condena, salió de nuevo a enfrentarse con una vida anodina, donde el tedio y la amargura, amén de la ruina económica en la que se sumergió acabaron postrándolo en una vejez prematura que le llevó a las más altas cotas de la infelicidad.

Quienes compartieron con él su estancia en la prisión de Puerto III comentan que pasaba sus días lamentándose y esperando a cierto Diablo que no acababa de llegar jamás.

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José Manuel Lasanta Besada

Licenciado en Periodismo que se creyó Don Quijote, chocó con los molinos a las primeras de cambio, se levantó, y aquí sigue.

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