EL RASTRO PERDIDO

EL RASTRO PERDIDO

¿Qué fue de nuestro pasado? ¿Dónde fuiste a parar cuando te besé con aquella ingenuidad y temblor en los labios de aquellos adolescentes? ¿Qué fue de aquella amistad destinada a ser eterna y hecha añicos contra el malecón de la realidad? ¿En qué recodo de nuestros caminos se perdieron nuestros comunes sueños?

He soltado esta madrugada a mis más fieles perros de la memoria para que me trajeran de vuelta nuestros anhelos, nuestras imaginadas luchas, nuestros sueños aún no rotos y han vuelto desorientados, con jirones del pasado entre los belfos, jadeando, dando vueltas y vueltas en torno al tiempo que aún nos queda por consumir, por dejar escapar entre nuestros dedos.

¿Qué habría sido de nuestra amistad si no hubiésemos desandado el camino para pedir disculpas por nuestros errores, y haber cruzado aquella imperceptible línea de cristal que hizo que todo volase por los aires cuando el destino había decidido en nuestro nombre que aquello estaba llamado a ser eterno?

¿Recuerdas aquel momento en que volví la cara y te vi allí, con lágrimas disfrazadas de gotas de lluvia? Lamentaré profunda y eternamente cada una de ellas. Tu sonrisa resbalaba no obstante entre surcos de simulada felicidad.

He jugado mis fichas cada día en cada encrucijada del tablero y siempre me he encontrado con una nueva celada del destino.

Os conocí a todos por casualidad. El destino es así de caprichoso. Algunos os bajasteis del tren de aquella prometedora amistad casi sin despediros, otros cambiasteis súbitamente de vagón en el tiempo. Sé que seguís ahí. Que quizá volvamos a encontrarnos.

El péndulo del reloj sigue martilleando implacable en el yunque del tiempo y los instantes se van poco a poco, sin volver. Nos vamos. ¿Qué gestos, qué palabras, qué caricias recordaremos cuando la arena acabe por derramarse sobre nuestros ojos y estos se cierren para siempre?

Pensar que un simple aleteo pudo cambiarlo todo, sentir casi con desesperación que nunca podremos evitar el vuelo de los dardos lanzados en el pasado y clavados de forma inexorable en la diana de una amistad que pudo trascender el tiempo.

Volveré a liberar a mis perros tras vuestro rastro cuando el frío corte la respiración cada mañana de este eterno invierno, para que si la diosa Fortuna así lo decide, pueda volver a mirarme en vuestros ojos, reír con vosotros, brindar una y mil veces por aquella eterna amistad que un día nos juramos y que se quebró al chocar contra muros de papel.

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José Manuel Lasanta Besada

Licenciado en Periodismo que se creyó Don Quijote, chocó con los molinos a las primeras de cambio, se levantó, y aquí sigue.

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