EL LADO OSCURO DE LOS AJOS DEL VENANCIO

EL LADO OSCURO DE LOS AJOS DEL VENANCIO

GRACIAS, GRACIOS, GRACIES

Pocas veces por no decir ninguna he escrito en esta tribuna con el fin de criticar en plan negativo algo que no me agradara. Eso lo dejo a los entendidos, que tienen que ver lo que hay en cartelera, enfrentándose en muchas ocasiones a verdaderos pestiños, no de los dulces precisamente. Sin embargo, yo no deseo perder el tiempo. Puedo comparar, puedo diferir, incluso puedo contrastar, nada más. Digamos que esta será la excepción que confirme la regla.

Será un artículo con las tres ces: corto, conciso y claro. Hace poco se celebraron los trigesimosextos premios de la Academia española de cine, los populares Goya. La tarde comenzó muy bien, fuimos a nuestra vecina El Puerto de Santa María y estuvimos merendando con unos amigos y sus hijos, con su precioso bebé Irina a la cabeza.

La cosa empezó a torcerse cuando nos dirigimos al teatro Pedro Muñoz Seca a ver una obra que nos resultó patética, sin ninguna gracia. Se llamaba Gente encerrada en sitios y nosotros no les hicimos mucho caso. Nos salimos a mitad de la representación porque no aguantábamos más, era de vergüenza ajena. No estaba para nada al nivel de lo que uno va a ver a un teatro, por supuesto con todo el respeto a los que se suben encima de un escenario.

La verdad, ese hecho no nos vino demasiado mal porque así volvimos con tiempo a Jerez para ver el inicio de la ceremonia de los Goya. Los fuegos artificiales a las afueras del Palau de las Arts de Valencia con un guiño a Luis García Berlanga y su Calabuch preveían una noche espectacular. Santiago Calatrava se sentiría orgulloso de esas hermosas imágenes en torno a una de sus tantas obras maestras. Sin embargo, los homenajes a valencianos ilustres dejaron de parecerme bien justo a continuación, con la canción que tres mujeres que no pegaban ni con cola le dedicaron a Nino Bravo. Esa versión de Libre sonrojaría a una gamba expuesta durante ocho horas a pleno sol. Para Eurovisión y los ridículos que hacemos en los últimos lustros hubiera ido bien, pero para esto…

Después llegó la hecatombe. De los premios otorgados a unos y otros no voy a hablar, uno puede estar de acuerdo o no. Tampoco hablaré de los modelitos de alta costura que vistieron los guapos y guapas de nuestro cine. Sería frívolo y una pérdida de tiempo. Pero de la gala hay mucha tela que cortar. Para empezar no entiendo de dónde salió la información de que la pareja Andreu Buenafuente y Silvia Abril iban a presentarla, porque al final no estuvo ni el uno ni la otra, no hubo presentador alguno, cosa que desdibujó mucho la salida y entrada de las diferentes intervenciones. No había ni orden ni concierto, ni alguien que más o menos sirviera de hilo conductor. Recuerdo que el año pasado la ceremonia se celebró en el Teatro Soho de Málaga, no fue presencial por causa de la pandemia, mas fue todo un ejemplo de cómo hay que presentar una gala de premios. María Casado y Antonio Banderas dieron una lección de saber estar, de elegancia, de hacer algo grande con lo mínimo. Tradición y modernidad se dieron la mano en un espectáculo a recordar durante mucho tiempo.

Volviendo al presente, el guión de las parejas o tríos que iban saliendo fue lamentable y pobre, los distintos montajes de vídeo que salpicaban la noche no venían a cuento ni nadie los acababa de entender. Eso sí, las actuaciones musicales estuvieron a gran nivel, se salvaron de la quema. No comprendo como a algunos se les presentaba y a otros no. A Joaquín Sabina (acompañado por Leiva a la guitarra) lo trataron como a un novato, cuando es uno de los grandes de la historia de la música. Tan joven y tan viejo sonó maravillosa, pero con la aciaga retransmisión ni me llegué a emocionar demasiado, cuando era la primera vez que el ubetense actuaba en los Goya. Luz Casal y la Negra sombra de Rosalía de Castro resultó emocionante y magistral, no había nadie más oportuno para cantarla, recordando con ella a los fallecidos el año pasado.

Me gustó mucho el discurso del presidente de la Academia, Mariano Barroso. Una lección que nos daba a cada uno de nosotros a modo de moraleja, y también un aviso a las administraciones públicas. Hablando de lecciones, a ver si los premiados aprenden a ser más respetuosos con el público y con la audiencia, eso de dar las gracias todos los que subían y hacerlo hasta al lucero del alba provocó que la ceremonia se retrasase casi una hora. Tenía previsto acabar a las 00.30 de la noche y lo hizo pasada la 01.20 de la madrugada. Yo hubiera puesto, como ocurrió en los Oscars hace años, una trampilla que se abriera pasado el tiempo estimado para los agradecimientos y que cayeran a un abismo insondable. Alguno de los discursos fue bochornoso, más propio de niños pequeños que de mujeres y hombres hechos y derechos.

Llegamos al incomprensible premio que se han sacado de la manga, el Goya a la personalidad internacional. A mí me encanta Cate Blanchett, pero ¿por qué a alguien así? Lo más normal es que se lo otorgaran a personas de edad provecta, con una larga trayectoria a sus espaldas, y no a una mujer a la que le queda mucha carrera por delante. No entiendo nada, como tampoco la actitud infantilista y populachera de presentar «nominados y nominada » o «los nominados son» haciendo hincapié en la diferencia del número de hombres y mujeres que optaban a los distintos premios. Que se preocupen de tener las mismas oportunidades de trabajar y que se dejen de paparruchas. Superficial, aburrido y condescendiente. Facilón.

Acabo ya para no dar más la tabarra. El momento más emotivo, sincero y lleno de amor por su oficio fue cuando Nora Navas como vicepresidenta le entregó el Goya de Honor a uno de los más grandes actores que ha dado nuestra cinematografía. Hablo por supuesto de don José Sacristán. Su discurso me puso los vellos de punta, no por su profundidad sino precisamente por lo contrario. Por la sencillez y la humildad de reconocer de donde venía, por su amor al juego de actuar y por el carisma que a cada paso deja ese niño de Chinchón que hacía creer a su abuela que era un apache, un vaquero o un cura franciscano. La Nati y el Venancio estarían felices por la cantidad de ajos que vendiste, Pepe, y los que te quedan…

Gracias, Pepe

P.d. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

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Pablo Solís del Junco

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