EL FUGITIVO VICIOSO

EL FUGITIVO VICIOSO

O LA DESACRALIZACIÓN DEL MITO

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Con esta estrofa termina la película sobre la que quiero hablar hoy y con esta misma frase doy comienzo a este relato que promete ser emocionante, ambicioso y honesto. No creo hacer spoiler a ningún bicho viviente que me lea ya que todos sabéis de quien hablo. Del genio y del hombre, del político y el poeta, del comunista y el hedonista, de la luz y de la sombra. O sea, de Pablo y de Neruda.

Huele a alga marina. En todos los meses de silencio que pasaron entre el ocaso del blog anterior y el surgimiento de esta nave que nos conduce más allá de Orión, tuve una sensación extraña: el querer ponerme a escribir en muchas ocasiones pero cuando me disponía a ello no me salían ni las ideas ni las palabras, como si interpretara un personaje más de El ángel exterminador (1962) de don Luis Buñuel y me fuera imposible abandonar ese comedor al que previamente había sido invitado. Por fin arranqué una tarde cualquiera del pasado año, en plena primera ola de pandemia, con mis inseguridades y mis miedos de fábrica, y aquí estoy meses después, plasmando mis recuerdos, subjetividades y emociones acerca de una enorme película que habla de un enorme personaje del siglo XX. Neruda (2016) es un filme chileno dirigido por Pablo Larraín, que Nuria y yo disfrutamos muchísimo hace unos años en una sesión de la Cinemateca portuense, un martes de primavera en el Muñoz Seca. La estrenaron hace no demasiado en ese oasis cultural que es La2 y esto me dio el empujón que necesitaba para rumiarla y sentirla en el negro sobre blanco.

Escribir por ejemplo la noche está estrellada. El título y subtítulo de este artículo parece muy agresivo, muy despectivo, pero no lo es en absoluto. Define a la perfección cómo el director y yo mismo vemos a la persona más que al personaje, siempre dentro de lo que es la ficción. De Pablo a Pablo y tiro porque me toca. De Neruda a Larraín, de Larraín a Solís. Entre Pablos anda el juego. Neruda es todo un ejercicio y una pura obra de género, todo lo contrario a lo que uno esperaría de un biopic al uso. Y eso me gusta. Que me sorprendan forma parte del espectáculo. Narra un período concreto de la vida del poeta chileno pero en su faceta más personal. Parte de un suceso real, su enfrentamiento con el presidente cuasi dictatorial González Videla a causa de sus diferencias y desavenencias políticas, y a partir de ahí se bifurca hacia muchos deltas, se engrandece pasando de arroyo a río caudaloso y así se convierte a la vez en película policíaca, en cine negro y finalmente en western. Mezcla perfecta de géneros. Por cierto, a González Videla lo encarna Alfredo Castro, un portentoso actor que posee una mirada intensa y una presencia inquietante cada vez que sale en pantalla. El presidente le encarga al antagonista de Neruda, el policía Óscar Peluchonneau e hijo del fundador de la policía chilena, una especie de cruzada: perseguir al poeta del amor. Y este simio del organillero como él mismo se define, interpretado soberanamente por el pequeño gran Gael García Bernal, es el que narra la historia en primera persona. El perseguido le va dejando un rastro con libros noir (de novela policíaca o negra), otro guiño más; de algún modo así ocurría en los cuentos clásicos como el hilo que deja Ariadna en el laberinto cretense o las migas de pan de Pulgarcito. Un juego nace entre ellos, un juego que sólo los dos pueden jugar.

Las mujeres piensan que hace el amor con una rosa entre los dientes. En el alma del cuento hay un continuo diálogo interno entre el narrador y el poeta, entre el sabueso y su presa. La lucha de egos entre ambos es mítica en el más estricto sentido de la mitología, más propia de titanes que de hombres. Ese fantasma de uniforme, ese policía hijo de cortesana, ese gato que persigue de manera implacable al ratón, en su fuero interno nos traslada pensamientos cercanos a la metafísica mezclados con la admiración y la envidia. En el fondo y como impresión personal, Peluchonneau es una invención de Neruda, que ha estado siempre ahí dentro de él, en las sombras, en la caverna de Platón, y sale a husmear, a buscar, mas no acaba de agarrarlo. Está enamorado de su presa, no por ser un poeta sino por ser un gigante. Él es pequeño y aspira a la gloria, pero se queda con la boca abierta y el alma ensanchada cada vez que escucha los versos en la voz del que sería futuro premio Nobel.

El viento de la noche gira en el cielo y canta. Llegan ambos hasta la Araucanía, lugar de fantasía e historias narradas de boca en boca; se hallan en el extremo del mundo, un paraíso plagado de dureza, de desnudez. Y ahí se produce una intensa conexión con lo puro, lo agreste y lo natural que habita en nuestro interior. Sueño con él y él sueña conmigo, llega a decir Peluchonneau. Al morir la creación, también muere un poco Neruda, y así policía y poeta se funden en uno. El milagro acontece delante de nuestros hocicos de animal herido y de nuestros ojos ávidos de respuestas a las preguntas que tenemos cuando nacemos. ¿Que somos? ¿A dónde vamos? ¿Por qué estamos aquí?

En cambio, si tú me cantas yo siempre vivo y nunca muero. Las escapadas a los prostíbulos lascivos y oscuros con sus canciones sentimentales, las fiestas de la sociedad culta chilena con esa incertidumbre de qué sorpresa acontecerá más tarde, las reuniones del Partido Comunista con sus desavenencias o la clandestinidad de la huida con sus amigos haciendo de guardianes y carceleros son lugares comunes en la mente y en el cuerpo del rey del disfraz, de la oruga convertida en mariposa. Hay sensaciones descorazonadoras como el abrazo que Neruda le da a una niña mendiga en Valparaíso, tanto como la lectura de cartilla que le hace en público una admiradora y compañera de partido. Ambos son momentos de reflexión personal e íntima acerca de lo que significa ser un comunista burgués subido a los altares, y se siente culpable por la contradicción intrínseca en la que está sumido. Mira en su interior y ve un personaje que él ha creado, no una persona de carne y hueso que habita su piel.

La besé tantas veces bajo el cielo infinito. La complicidad con su esposa Delia del Carril es maravillosa, tanto en las buenas como en las malas, a pesar de que ella sufre sus infidelidades y debilidades con un estoicismo fuera de toda sospecha. Mercedes Morán, esa mujer de verdad incuestionable y esa fascinante actriz, encarna a Delia. En sus silencios y miradas dice y expresa mucho más que con la palabra hablada. Es el alma que lo conforta en la noche oscura pero también, al ser escritora, sabe por qué Pablo es como es. Lo conoce mejor que él mismo. Luis Gnecco interpreta de manera sobria al poeta que con esos ojos profundos nos subyugan y nos hacen preguntas que no tienen respuesta. Aparecen también en todo este cuento personajes históricamente muy importantes como un joven Augusto Pinochet siendo entonces capitán de la principal prisión chilena o el mismísimo Pablo Picasso como el amigo personal que lo acoge en el exilio parisino. Sorprendente y muy curioso ver a Emilio Gutiérrez Caba parloteando en francés. Versatilidad castellana en un Bateau mouche por el Sena.

Aquí, ahora, los poemas de uno y pensamientos del otro se entrelazan cual si fuera una larga trenza azabache para llegar al meollo, a la música de toda la obra, que tiene reminiscencias de ópera trágica, de pérdida mundana, de soledad espiritual del individuo. Temas del compositor Carlos Cabezas, como La Martinica, Tus besos me hacen llorar o Sabes que te quiero, son emocionantes en su plenitud, en su grito ahogado de desesperación, mientras que Federico Jusid compone e interpreta las divagaciones mentales del ingenuo policía que explican al detalle su comportamiento. La música clásica acaba redondeando el conjunto enriqueciendo el fresco universal y a la vez local que los dos protagonistas representan, uno frente al otro, como dos caras de una moneda falsa de cinco pesos. De Grieg a Penderecki, pasando por Jonny Greenwood y acabando por Felix Mendelsson. Pura sinfonía para unas machas a la parmesana de aperitivo, unas humitas de primer plato y un pastel de choclo de segundo. Para chuparse los dedos con el postre, un manjarate casero hecho recién.

La voz del poeta

P.d. Si habéis leído esto, sois la resistencia sudamericana, con la que compartimos lengua…

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Pablo Solís del Junco

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