DESEO + CULPA = ¿REDENCIÓN?

DESEO + CULPA = ¿REDENCIÓN?

EL ENFANT TERRIBLE DEL CINE EUROPEO ATACA DE NUEVO

Querido Lars:

Sé que te criaste en un ambiente cinéfilo y que te regalaron una cámara Súper 8 a los once años. Antes de empezar a hablar sobre el último filme con tu firma que he visto en los cines y estrenado en dos partes por mor de su metraje, Nymphomaniac (2013), quiero que por favor me hagas llegar la dirección de tus padres para mandarles una carta de agradecimiento. A vuelta de correo obviamente. Te parecerá raro pero quiero darles las gracias por haberte criado como lo hicieron. Rememoro una entrevista que concediste hace años donde contabas que la educación que te dieron de pequeño fue de una libertad absoluta. Tirando de imaginación, esta podría ser una conversación ficticia que quizá tuvieron Lars y su padre Fritz:

– Papá, papá, el fuego de la cocina está encendido, me gustaría poner la mano sobre él, a ver qué se siente.

– Vale hijo, te aviso que quema y hace daño, pero si deseas hacerlo, adelante, no te lo impediré.

Entonces el pequeño Lars (que aún llevas dentro) acercaba su manita y claro, se quemaba. Ya no lo hacía más. De esta forma en todos los órdenes del aprendizaje, y no me extraña, así saliste con el tiempo. Rarito de narices. Elucubrando con aviesas intenciones me atrevería a afirmar que esos años fueron el germen de lo que con posterioridad sería el movimiento Dogma, que creaste con otros autores nórdicos, cuya principal característica era la libertad técnica, estética y me atrevería a decir que también libertad moral que respiraba, con ese famoso decálogo de reglas grabado a fuego en las mentes calenturientas de sus integrantes. Sonrío al recordar lo que dijo en una ocasión el cineasta mexicano Arturo Ripstein en referencia al ínclito movimiento. Afirmaba que no le parecía nada novedoso y era lo más antiguo del mundo ya que en su país, con la escasez brutal de medios, de toda la vida se hacía Dogma con lo que se tenía a mano, improvisando e innovando a cada paso.

En tu obra, con estudiada normalidad las protagonistas son las mujeres, pero no mujeres cualesquiera. Están hechas de otra pasta. Son féminas sufridoras y sufrientes, doloridas y dolientes, casi podrían acercarse a las dolorosas en el más puro y espiritual sentido de la palabra. Se lo haces pasar muy mal a las pobres en los rodajes, los personajes son tan extremos que acaban traumatizadas o tocadas del ala, por esa razón ninguna ha repetido en otra película tuya, excepto una: Charlotte Gainsbourg, que parece ser la horma de tu zapato. Es de largo la única reincidente con nada menos que cuatro obras incluyendo la doble Nymphomaniac sobre la que hablaremos enseguida. Como ya he comentado en alguna ocasión no es una actriz muy común, resulta especial, intuitiva y sutil. A mí me tiene particularmente subyugado. Me atrae mucho su relación con la cámara, su forma de moverse, su mirada y su arriesgada carrera con personajes muy borderline. No es de naturaleza bella pero desprende un atractivo y un magnetismo impresionantes que no tienen explicación, al menos para un servidor.

Me fascina tu cine, señor von Trier, pero me alegro de no conocerte en persona porque debes ser insoportable, egocéntrico y cargante. Chico, que te aguante tu equipo técnico, tus actores y tus actrices. Ya el hecho de ponerte “Von” como actitud rebelde cuando estudiabas en la escuela denota tu personalidad. Centrándonos ya en la película en cuestión (parlaremos de ella siempre como una unidad de cuatro horas) la divides en capítulos de títulos sugerentes como has hecho otras veces, tal si fuera un largo y envenenado cuento trufado de metáforas con una clara moraleja final. El uso de la música resulta fascinante cuando mezclas composiciones cultas y de cámara con clásicos modernos que enriquecen la historia. Como buen nórdico tratas un asunto y a continuación le das la vuelta: temas muy serios que podrían ser escabrosos o directamente tabú (en este caso la ninfomanía femenina) y que en cualquier momento se te podrían ir de las manos los controlas a la perfección, alejándote con la cámara, manteniendo las distancias y realizando un análisis frío que provoca controversia en el espectador para que halle sus propias conclusiones. Planteas preguntas pero no las respondes. Nunca juzgas ni tomas partido. Así lo conviertes en un ejercicio enriquecedor para que todos los que deseemos jugar a tu juego lo hagamos sin dobleces ni ambages.

Tu estética y tu estilo parecen transgresores y rompedores con las normas establecidas, pero en el fondo eres más clásico que las vías del tren, esos mismos raíles con los que comenzabas ese onírico viaje hacia Europa (1991), con la cavernosa voz de otro Von, Max von Sydow. Transgresor en las formas, clasicista en el fondo. De nuevo esto lo reflejas en Nymphomaniac. En un soberbio montaje rompes la pantalla en dos y tres partes, usas el B/N, desarrollando un espléndido guión lleno de matices y trufado con tu habitual voz en off. Aunque no sea tan evidente como esos experimentos minimalistas de Dogville (2003) y Manderlay (2005), siempre acabas sorprendiéndome. Este fresco que mezcla muchas tramas y no pocos temas tiene una columna vertebral, la historia que la protagonista Joe le relata a Seligman durante todo el metraje, una vez que éste (ser solitario y reprimido donde los haya) la recoge de la calle una fría y nevada noche en un lamentable estado. Un comienzo muy de los tuyos, pausado y lleno de poesía. Me recuerda a aquella confesión que un anciano Antonio Salieri le hace a un pusilánime sacerdote en un manicomio acerca de su relación con Mozart en Amadeus (1984).

También me vienen a la memoria otras obras tuyas, Lars, que tienen en sus temáticas un cierto parecido a ésta, como Rompiendo las olas (1996) o Anticristo (2009). Paralelismos entre sexo y religión, por supuesto con el sentimiento de culpabilidad como telón de fondo. La educación judeocristiana envolviéndolo todo, envolviéndonos a todos. En un momento dado Seligman le dice a Joe que por qué se queda con la característica más negativa de la religión y no con sus bondades…supongo que resulta complicado deshacernos de ese estigma que el propio catolicismo ha alimentado, y eso que Joe fue educada por un padre permisivo, nada autoritario, cariñoso y muy cercano con el que mantenía una relación especial. Éste enseñaba a su hija cómo observar la naturaleza, a leer el significado de los árboles a través de sus características. Son secuencias muy hermosas, Lars, que consiguen tocar mi fibra sensible ya que suponen un contraste brutal con la frialdad analítica del resto del filme; a la vez que transmiten amor paterno-filial suponen un reducto de recuerdos de infancia, de espiritualidad y de poesía. Porque eso no te lo puede negar ni el más fiero de tus detractores, cuando te pones poético no hay quien pueda contigo. Como te digo una cosa te digo la otra. El padre le enseña a buscar su árbol especial al que llama el árbol-alma. En invierno, desprovistos de hojas, aparecen desnudos, frágiles, y ahí es donde se reconoce el alma de los árboles. En una secuencia donde me pones los vellos como escarpias, la protagonista ya adulta, en medio de un páramo y mientras asciende por unas rocas, acaba por encontrar su árbol-alma. Uno que va mucho con su personalidad. Solitario, retorcido y medio vencido por la acción de los vientos. Muy emocionante toda la secuencia y ese plano fijo de los dos seres vivos uno frente al otro, hallándose, conociéndose, admirándose, reconociéndose…esas reflexiones sobre la naturaleza y su entorno son impagables.

Joe en el fondo es una buena persona. Lo que ocurre es que la vida la ha llevado por unos vericuetos insondables que aparte de proporcionarle placer inmenso y descontrolado provocan en ella un turbio y lacerante dolor, más interno que físico. Es la ambivalencia del deseo: por un lado disfrutamos con lo que deseamos pero por otro estamos pensando, ¿pero qué estamos haciendo si eso mismo nos hace daño y se lo hacemos a los demás? De ahí surge la represión y la culpa. Estos dos polos opuestos están ejemplificados en los dos personajes protagónicos. Joe como adicta compulsiva al sexo y Seligman como célibe, casi como un sacerdote que está recibiendo el sacramento de la confesión. Lo ideal sería buscar el término medio. Ocurre que cuando nos encontramos dominados por unos instintos que nos devoran, en la mayor parte de las ocasiones no podemos controlarlos y se acaban adueñando de nosotros mismos convirtiéndonos en esclavos de ese deseo. Y estoy hablando de cualquier deseo, no de sexo específicamente.

Esto enlaza con algo que planteas o intuyo que haces, y es el síndrome de la casilla vacía. Buscamos a lo largo de nuestra vida llenar esa casilla con una determinada cosa, y cuando lo hacemos aparece otra en el extremo contrario del tablero de las emociones. Somos la insatisfacción permanente con patas, un gigante con pies de barro, un matasiete que se cree alguien. Si a eso unimos la contradicción que nos acecha tras cada esquina, la bomba de relojería psicológica y emocional resulta letal, y a pesar de que parezca un contrasentido, muy humana. Eres un danés de Copenhague terriblemente inteligente y retorcido. Todo este camino nos lleva con meridiana claridad a Freud. El vienés lo que nos quiere decir en realidad con el psicoanálisis es que hay que ir en pos de lo vital, en búsqueda de la pulsión. Simplificando las cosas, habla por un lado de Eros (el deseo, la vida) en oposición a Thanatos (la muerte). De eso va tu película.

Las secuencias de sexo son muy explícitas y numerosas como era de esperar, pero al ser un estudio/análisis (casi médico) de ese trastorno psicológico que es la ninfomanía, en casi ningún momento resultan excitantes o excitables. Lo haces todo demasiado aséptico, señor de Trier, y en algunos momentos la cinta resulta irregular. Curiosamente las partes más emotivas tienen que ver con el padre de Joe y sus recuerdos. En la secuencia de su muerte, sin entrar en detalles, te pasas cuatro pueblos, vuelves a desbarrar y provocas. Porque eso es lo que eres en el fondo, un provocador, y que conste que me encanta que lo hagas; a veces me provocas risa y otras estupor, nunca indignación.

La cantidad de actores y actrices conocidos y con talento es abrumadora, algunos en papeles muy pequeños. Se nota que todo el mundo en algún momento de su carrera quiere trabajar contigo. Debe ser estupendo y muy resultón para sus currículums, pero también arriesgado dado tu carácter y adónde los conduces, pues pueden salir afectados de la experiencia. Tiene su puntito masoquista y juguetón, la verdad. Shia LaBeuf, Uma Thurman, Connie Nielsen, Stellan Skarsgård como Seligman, Christian Slater como el padre de Joe…todos están magníficos, pero la joven Joe, interpretada por una actriz emergente y desconocida para mí hasta ahora llamada Stacy Martin, sobrecoge. Su actuación es escalofriante, no tanto por entregarse y darlo todo sino por su mirada. Además de otras cosas se come la cámara. Parece una chica frágil pero tiene algo muy perverso en su interior.

Parafraseando a Jack Nicholson, que dijo una vez de Roman Polanski, “el pequeño bastardo es un genio”, yo afirmo que tú, Lars von Trier, eres un puto genio loco danés. Lo de danés quizá sea lo menos significativo.

Un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo,

P

No apto para todo tipo de público

P.d. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

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Pablo Solís del Junco

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